30 enero 2008

16/08: Benedicto XVI

HOMENAJE DE ROMA AL PAPA DE LA RAZÓN

Anclado en el Evangelio, comprometido con su tiempo

Y el Papa salió al balcón. Más de doscientas mil personas lo aclamaban, pero él, con esa sonrisa tímida y esa palabra tan eficaz como delicada, les pidió a todos callar: queremos rezar juntos, no conviene que demos de lado la oración. Sólo una vez rezado el Ángelus, la oración que recuerda cada día que el Misterio hecho carne ha acampado en la historia de los hombres, el Papa de las luces (como le ha llamado un periodista laico) se refirió a los acontecimientos de La Sapienza.

De la boca de Benedicto XVI no salió una sola palabra contra sus violentos detractores, ni tampoco una defensa articulada de las posiciones que no pudo exponer en La Sapienza. Tan solo una evocación cariñosa hacia la Universidad, ese ámbito en el que se ha forjado buena parte de la experiencia humana de Joseph Ratzinger, y que debe ser un espacio definido por la búsqueda de la verdad y el diálogo franco y respetuoso de las recíprocas posiciones. Y al final una recomendación a los miles de estudiantes y profesores presentes en San Pedro: "os aliento a todos a respetar siempre las opiniones de los demás y a buscar, con espíritu libre y responsable, la verdad y el bien".

Nunca se ha podido decir más, en menos palabras. La plaza estaba radiante bajo un cielo lleno de sol y la multitud aclamaba con hondura, sin falsa excitación, pero Benedicto XVI no quiso recrearse en la suerte; no es, ciertamente, su carácter. Lo que quería decir a La Sapienza está ya en todas las tribunas del mundo, y hasta un laicista extremado y sarcástico como Darío Fo ha reconocido que ese discurso merecía haber sido acogido en las aulas de la vieja universidad romana.

Y es que la plaza de San Pedro no ha sido sólo el escenario del abrazo del pueblo cristiano con su padre atacado, sino también el ágora de un bello abrazo del mundo católico con lo mejor del mundo laico italiano, que ha reconocido en Benedicto XVI a un interlocutor secretamente esperado. Uno de los exponentes más lúcidos e independientes de ese mundo, el ex comunista Giuliano Ferrara, ha escrito en el diario Il Foglio un precioso artículo titulado Aquel profesor y Papa de la razón, a disposición de su tiempo. Esa disponibilidad hacia el tiempo en que le ha tocado vivir, se manifiesta según Ferrara en el empeño del Papa Ratzinger de discutir sobre Estado y laicidad, sobre ética y ciudadanía, sobre ciencia e historia, sobre las raíces y el futuro de Europa, con toda clase de interlocutores, ofreciéndoles una ayuda inesperada en una época en que progresivamente se vacía el significado de vivir y de convivir. Ponerse a disposición de su tiempo, advierte Ferrara, sin dejarse devorar por él; acompañar con coraje y lucidez el aire de esta época, contrastándolo al mismo tiempo con la certeza perenne del Evangelio: ahí tenemos el retrato de Benedicto XVI, dibujado por un hombre que ha atravesado todas las tormentas ideológicas de los últimos cuarenta años y que aún continúa buscando.

Leyendo el discurso de Benedicto XVI dirigido a La Sapienza resulta fácil evocar la figura de Pablo en el Areópago de Atenas. Como el apóstol de las gentes, el Papa ha aceptado exponerse ante un auditorio en el que se mezclan la apertura y la sorna, la dureza de corazón y la seriedad humana, el drama y la frivolidad. Tras escuchar a Ferrara vemos que merecía la pena. La Iglesia no puede encerrarse tras la muralla sin traicionar su propia vocación, y por eso tiene que salir continuamente al encuentro de la razón y de la libertad del hombre de cada época, aun a riesgo de ser escarnecida y vituperada, como lo fue Pablo en la Atenas satisfecha de su saber y su poder. Sin embargo, el testimonio de Pablo plantó los cimientos de una amistad indestructible entre fe cristiana y filosofía.

Como subraya con vigor el Papa, el cristianismo no es la vía de escape para los deseos insatisfechos, sino el testimonio de un Dios que es Razón creadora, y al mismo tiempo, Razón que es Amor. El gran peligro del mundo occidental hoy es precisamente la autocomplacencia en su saber y su poder, que le empuja a despreciar la cuestión de la verdad. Y sin embargo siempre habrá hombres y mujeres que no acepten esa terrible mutilación, que peregrinan buscando en medio de la niebla para salir del laberinto del nihilismo. Quiera Dios que puedan encontrar el abrazo de una Iglesia que no teme compartir con ellos el camino de la vida, como nos ha enseñado Benedicto XVI.

Por José Luis Restán

15/08: New Age

La New Age o la nueva gnosis

La Nueva Era, en el fondo, es narcisismo y autismo misticoide

Uno de los rasgos que caracteriza a nuestro mundo es el renacimiento de las antiguas ideas gnósticas en la forma de la llamada New Age. Al margen de las afinidades entre algunos ingredientes del gnosticismo en cuanto sistema ideológico y la New Age, ésta puede ser catalogada como una forma de gnosis.

Esta nueva forma de gnosis se adentra en las profundidades del yo mismo, trata de explorar las fuerzas ocultas de la mente, de la conciencia, también en sus estratos inconscientes. La idea prototípica de la gnosis es que el ser humano se salva a sí mismo a través del conocimiento.

Según la New Age, el hombre debe aspirar a la expansión de la conciencia, es decir, a su desarrollo máximo hasta llegar al estrato freático de la energía crística. Cuando se llega a este nivel, se extingue la luz de los sentidos y de la razón.

El yo consciente queda, entonces, inundado por corrientes luminosas nuevas que lo llenan de gozo y de paz. Entonces aparecen los estados alterados de la conciencia y sus fenómenos derivados: la iluminación, los éntasis, los éxtasis, los viajes astrales, la clarividencia, la clariaudiencia, las locuciones o voces interiores y las mil y una formas de adivinación.

La New Age es radicalmente egocéntrica, o mejor, psicocéntrica. Pues el objeto de esta nueva forma de gnosis no es Dios, sino el hombre, pero no el hombre íntegro en su unidad psicosomática, sino su espíritu, su conciencia. Se niega la alteridad, la vinculación a otro ser, la religación con el Fundamento último de la realidad. De ahí la peculiaridad de la gnosis en cuanto iluminación o revelación.

La iluminación de la New Age, como la gnóstica, no consiste en un mensaje recibido de Dios distinto del hombre. Se trata de una autorevelación o iluminación interior, o sea, de un mensaje emitido en y desde el inconsciente, que se manifiesta sobre todo en los estados alterados de conciencia.

Los acólitos de la Nueva Era, como los gnósticos del siglo II, sienten una especie de horror a la doctrina dogmática proclamada desde fuera, desprecian la autoridad de la Iglesia católica en cuanto intérprete de la Revelación, aunque acepten las revelaciones individuales esotéricas.

El absoluto psicocentrismo de la New Age explica, asimismo, que su gnosis, como la gnóstica, sea también salvífica. El hombre se salva a sí mismo por sus propias fuerzas y esfuerzos.

Para tal salvación cuentan mucho los grados extraordinarios de expansión de la conciencia y de los llamativos fenómenos místicos, pero tienen también su importancia las actividades de la vida ordinaria bien hechas, la meditación o concentración psicológica, el optimismo voluntarista, el recurso a la medicina y dietética alternativas.

Así se llega, ya en esta vida, al estado de gozo, paz, armonía con uno mismo, con los demás, con el entorno ecológico y con el universo. Pero cada uno se salva por obra de la mente, no por la fe, ni por la gracia de Dios.

En definitiva, la New Age es una espiritualidad narcisista, cae en el autismo o ensimismamiento psico-misticoide, encerrado en sí mismo y al margen de la llamada cuestión social y de la preocupación por los demás, especialmente de los más necesitados. Tal situación es fruto del psicocentrismo y del fatalismo astrológico de la New Age, así como de su creencia en la reencarnación o renacimiento y en los ciclos cósmicos.

Desde la perspectiva de la New Age, las religiones institucionalizadas quedan reducidas a exteriorizaciones, más o menos fosilizadas y degeneradas, de ese núcleo común. Las diferencias existentes entre las diversas religiones serían producto del relativismo o de las circunstancias socioculturales, que son distintas en los diferentes pueblos, culturas y épocas históricas.

Este nuevo desafío no es algo radicalmente nuevo en la historia. Se trata de una nueva reformulación. Frente a la gnosis postmoderna, se debe reiterar una y otra vez que lo que salva es el amor y no el conocimiento, que quién salva es Dios y no el ser humano.

Fuente: Forumlibertas

23 enero 2008

14/08: Cristo

"El Jesús de Pagola no es el Jesús de la fe de la Iglesia"

El libro de Pagola hará daño
Carta Pastoral de Mons. Demetrio Fernández, obispo de Tarazona,
a propósito del libro de J.A. Pagola
Me llegan noticias de que el libro de J.A. Pagola (Jesús. Aproximación histórica, PPC, Madrid 2007, 544 pp) se está vendiendo como rosquillas. Incluso en una de mis visitas pastorales de hace pocos días, quisieron regalármelo como el mejor de los presentes. Así se lo habían sugerido en la “librería religiosa” de turno.

En nuestra hoja diocesana, común para todo Aragón (16.12.2007, p. 7), venía publicitado y recomendado como libro de formación. En muchas comunidades religiosas, es el regalo obligado de Navidad para una hermana o para la madre superiora, que lo pondrán disposición de todas, como el libro de moda. No han faltado diócesis, incluso, en donde se ha hecho una presentación cuasioficial de la obra, sembrando confusión en tantos fieles católicos. Algunos curas de mi diócesis me han preguntado perplejos por esta obra.

Si de un libro bueno se tratara, la difusión me alegraría, porque se trata de dar a conocer a Jesús. Pero leyendo detenidamente su contenido, me produce profunda preocupación que este libro se difunda tanto, y precisamente en torno a la Navidad. El “Jesús” de Pagola no es el Jesús de la fe de la Iglesia.

Este libro, que se lee con gusto por el buen estilo literario de su autor, sembrará confusión, también en mi diócesis, pequeña y humilde, que vive influenciada como todas por los fenómenos de masas, tantas veces provocados con gran aparato mediático.

Muchos de sus lectores no tendrán elementos de juicio, y confían que sus pastores les alerten de los peligros que pueden acechar su fe en Jesucristo, el Jesús que anuncia la Iglesia y que es el único salvador de todos los hombres. Movido por esta inquietud pastoral, escribo estas notas que no pretenden ser exhaustivas y animo a otros, pastores y teólogos, a que examinen con atención este libro que tanta difusión está teniendo, y que tanto daño puede hacer a nuestros fieles, sobre todo a los más sencillos.

Es un libro que presenta a un Jesús vaciado y rellenado, según la técnica de la desmitologización promovida por R. Bultmann, y que otros autores han seguido en las últimas décadas: E. Schillebeecx, J. Sobrino, etc. cada uno a su manera. Se trata de aplicar acríticamente el método histórico-crítico (en sí mismo válido, pero que tiene sus límites) e ir seleccionando aquello que cuadra con el a priori que uno se ha formado.

Por este camino podemos presentarnos un Jesús a nuestra medida y a nuestro gusto, según la moda del momento, y hacerlo además con argumentos de crítica histórica. Pero ese Jesús debe someterse críticamente a la fe de la Iglesia. Dicho de manera sencilla, se presenta un Jesús en el que se seleccionan rasgos, se amplían otros, se suprimen bastantes, sin ninguna referencia a la fe de la Iglesia, que de manera viva nos ha transmitido a lo largo de los siglos el Jesucristo auténtico, el único que puede salvar.

Hay un silencio total sobre la reflexión que a lo largo de la historia ha realizado la Iglesia, particularmente en los siete concilios ecuménicos de la Iglesia indivisa a lo largo del primer milenio. Es como si la Iglesia hubiera adulterado el mensaje y tuviéramos que acudir a las fuentes más puras para reencontrar al Jesús perdido, y todo ello so pretexto de historicidad.

Esto me suena al prejuicio de A. Harnack (1851-1930), historiador protestante liberal, maestro de R. Bultmann (1884-1976). Por el contrario, la monumental obra del católico A.Grillmeier (1910-1998), honrado con la dignidad cardenalicia en sus últimos años por Juan Pablo II, ha demostrado minuciosamente que la fe de los primeros concilios (sobre todo, Nicea, Éfeso y Calcedonia) ha sido una obra impresionante de deshelenización de la fe.

Es decir, cuando la fe sobre Jesucristo ha corrido peligro de ser asfixiada por el helenismo que era la ideología de la época, la Iglesia en Nicea (325), Éfeso (431) y Calcedonia (451) ha devuelto esa pureza de la fe, proclamando las definiciones que rezamos en el credo.
Las definiciones de los concilios, por tanto, no son encorsetamiento de la pureza evangélica en fórmulas dogmáticas que nos distancian del auténtico Jesús histórico, sino que, gracias a tales concilios, ha llegado hasta nosotros la pureza de la doctrina predicada por Jesús, ha llegado hasta nosotros la imagen auténtica de Jesús de Nazaret.

La Iglesia de todos los tiempos, también la Iglesia de nuestros días tiene esta preciosa y grave responsabilidad: la de rescatar a Jesús de las ideologías de moda y presentar el auténtico Jesús, el Hijo eterno de Dios hecho hombre, el Cordero de Dios que ha derramado su sangre por nosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados, el Jesús de Nazaret que nos presentan los evangelios y los demás escritos del Nuevo Testamento, el que la Iglesia ha presentado a lo largo de los siglos como el único salvador de todos los hombres.

Jesús es Dios, sabe que es Dios y habla continuamente de ello. J.A. Pagola elude este aspecto fundamental del perfil de Jesús. A lo sumo, admite que el título “Hijo de Dios” se lo dieron los cristianos tardíos de la primera comunidad. Jesús sería el profeta de la compasión de Dios. La tentación arriana, que ha recorrido la historia del cristianismo reduciendo a Jesucristo a un hombre excepcional, pero que no es Dios consubstancial al Padre, asoma en el conjunto de la obra, pero si Jesús no es Dios como su Padre, no podrá divinizarnos, y la salvación que nos aporta queda diluida simplemente en un buen ejemplo.

Jesús ha tenido conciencia de su muerte redentora. Es decir, ha vivido y ha caminado con plena libertad hacia el momento supremo de entregar su vida en rescate por todos los hombres. La muerte no es un accidente en la historia de Jesús, la muerte para Jesús es el momento supremo de la glorificación por parte del Padre, porque él entrega su vida para el perdón de los pecados. Para J.A. Pagola, Jesús es un terapeuta que acoge al hombre pecador. No hay perdón-absolución, sino perdón-acogida, y es que el autor ha vaciado de contenido el sentido del pecado, como ofensa a Dios, que Jesús restaura con la ofrenda sacrificial de su vida.

Remito a estudios más detallados, que han comenzado a aparecer tras la publicación de este libro de J.A. Pagola. En la página web de la diócesis de Tarazona ( http://www.diocesistarazona.org) aparecen algunas recensiones del libro (J. Rico, J.A. Sayés, J.M. Iraburu, L. Argüello). Nos encontramos ante una presentación de Jesús, que hará daño, sobre todo a quienes no tienen elementos de juicio para leerla críticamente. Es función de los pastores llamar la atención sobre esta presentación de Jesús, que no se atiene a la fe de la Iglesia. Que la luz del Verbo encarnado disipe todo tipo de tinieblas, sobre todo las que pueden cernirse sobre la figura de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

+ Demetrio Fernández, obispo de Tarazona, Navidad 2007


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13/08: Europa

"Europa: razón y raíces"
Marcello Pera, ex presidente del Senado de la República de Italia

Los valores liberales y democráticos nacen del cristianismo. Por tanto, todos los demócratas deberían estar atentos a esos valores de la tradición que dio origen a Europa y a la cultura occidental. Defender los valores propios de la tradición judeo-cristiana es un deber de todos.

Hace unos años el entonces cardenal Ratzinger y yo, cuando ocupaba la presidencia del Senado italiano, publicamos «Sin raíces», libro que en español fue editado por Península. Me dedico a la filosofía de la ciencia, y era y sigo considerándome agnóstico. Cada uno desde nuestros respectivos puntos de vista, en el libro intentamos hablar sobre Europa y su situación actual, marcada ahora no sólo por el relativismo, sino también por el cristianismo y -en los últimos tiempos- por el Islam. De aquel análisis surgió un diagnóstico, en el que curiosamente coincidimos.

En aquellos momentos llamó poderosamente la atención a la opinión pública que un agnóstico como yo hablara de las raíces cristianas de Europa. ¿No está un no creyente en contra de todo pensamiento religioso, venga de donde venga? A mí me parecía lo contrario: el laico -término que usamos en Italia como contrapuesto a creyente- no tiene por qué rechazar el pensamiento religioso. Mi postura en ese momento era más bien pragmática: el cristianismo en Europa es un hecho histórico incontestable, algo que no se puede negar. «Y un árbol sin raíces, se seca», vino a recordar el cardenal Ratzinger ante el pleno del Senado italiano, en un discurso memorable. Y yo estaba de acuerdo con este diagnóstico.

También Habermas manifestó su convergencia con Ratzinger en este mismo punto, en un encuentro en Munich en 2004. El día 19 de este mes, en el marco del simposio «Culturas y racionalidad», organizado por la Universidad de Navarra, tuve la oportunidad de confirmarme en estas tesis. Existen por ejemplo -decía ahí- conquistas como la razón, la libertad y la dignidad de la persona, que están en el origen de Europa y que forman parte de su identidad diferencial.

Esto es lo que -a mi modo de ver- vino a señalar Benedicto XVI en el famoso discurso de Ratisbona. El tema no era el islam, como algunos quisieron entender. Lo que se venía a decir es que las conquistas de una civilización deben llegar a ser universales, esto es, que son buenas para todos, y que deben ser defendidas por todos. La paz, la razón y la libertad han de vivir en el seno de todas las religiones. Y esto es algo positivo que debe ser aceptado y defendido incluso por un no creyente. El verdadero Estado laico no excluye por tanto la religión.

Yo distinguiría entre Estado «laico» y «laicista». Por «laico» entiendo el Estado que está separado de cualquier Iglesia y actúa de modo autónomo. El pensamiento laico se desarrolla de modo racional, pero no excluye la dimensión religiosa. El «laicismo», por el contrario, es una ideología que se propone eliminar la dimensión religiosa del hombre.

Los valores liberales y democráticos nacen del cristianismo. Por tanto, todos los demócratas deberían estar atentos a esos valores de la tradición que dio origen a Europa y a la cultura occidental. Defender los valores propios de la tradición judeo-cristiana es un deber de todos, porque la democracia necesita fundamentos sólidos, compartidos por todos los ciudadanos.

Por eso me parece a mí que no son estas conquistas exclusivas de los cristianos. Si ha tenido lugar un feliz hallazgo, éste ha de ser disfrutado y respetado por todos, también por parte de un ateo, un agnóstico o un creyente de otra religión distinta de la cristiana. Ahí el cardenal Ratzinger sacó a relucir una frase de Pascal que dirigía a sus amigos ateos: «Velut si Deus daretur» (como si Dios existiera). Se trataba de evitar la propuesta nihilista de Iván Karamazov: si Dios no existe, todo está permitido. Hay en nuestra sociedad claras muestras de esta letal arbitrariedad. Pascal por el contrario les sugería a sus amigos no creyentes -laicistas, se llamarían ahora- que lo mejor para todos es funcionar como si Dios existiera. «Velut si Deus daretur»: esto garantiza unas reglas de juego de las que todos salimos beneficiados.

Sostengo que Occidente ha ido demasiado lejos en la apostasía y en la renuncia de sus propias raíces judeocristianas. El «todo vale» acaba por ir en contra del hombre, sea este cristiano o no. Una conquista que ha durado siglos, sangre y no pocos errores debe ser mantenida no porque sea cristiana, sino porque es un acierto y la mejor de las posibles para todos los ciudadanos europeos. No hace falta ser creyente para apreciar los valores de una civilización.

En este hermoso árbol de Europa hay ya unas cuantas ramas secas, que van incluso contra los mismos orígenes del Estado moderno. En esto coincidió con el cristianismo, el cual también quería defender la razón, a la persona y a su libertad. ¿Por qué entonces rechazar este avance común? El ir en contra de estas raíces judeocristianas supone, en el fondo, un suicidio para Europa y Occidente. Para evitar que todo el árbol se seque y se derrumbe (o caiga fulminado por un rayo), nos viene bien ahondar y profundizar en esas raíces. Rescatarlas no es un acto creyente, sino de mera supervivencia. Y en esto estábamos de acuerdo Ratzinger y yo.

21 enero 2008

12/08: Testimonio

Kezman, goleador: “Antes me daban pena los monjes, ahora envidio su servicio a Dios”

El delantero del Fenerbahce turco, Bota de Plata 2003, dice que “Dios le ayuda” contra sus adicciones.

Fue Bota de Plata en 2003, conflictivo y adicto a los tatuajes. Sin embargo, el goleador Mateja Kezman proclama ahora su religiosidad y asegura que “antes sentía pena por los monjes, pero ahora les envidio su estilo de vida y su servicio al Señor”.

El hasta hace poco díscolo delantero, actualmente en las filas del Fenerbahce de Estambul, afirma también que “merced a la ayuda de Dios” ha conseguido superar su adicción a los tatuajes.

Kezman, con ocasión de la celebración este lunes, 7 de enero, de la Navidad en Serbia, siguiendo la tradición del calendario juliano que aplica la Iglesia cristiano-ortodoxa, confesó que le atrae la vida de monje: “antes, visitando monasterios, sentía pena por los monjes, pero ahora les envidio su estilo de vida. Es lo máximo del servicio al Señor. Es muy difícil vivir en este mundo y respetar todos los mandamientos de Dios”, dijo.

“Rezando con el Señor”

El que fuera gran goleador del PSV y que disputó la Bota de Oro en 2003 a Roy Makaay, quien al final se alzó con el triunfo, dijo que pasó la Navidad en un hotel turco “solo con el Señor, rezando”. “Quería haber estado con mi familia, pero tuve compromisos con mi equipo”, añadió.

El jugador de 28 años admitió que ayuna regularmente todos los miércoles y viernes y que su fe es cada vez mayor: “Intento pasar el mayor tiempo posible pensando en Dios y visito monasterios siempre que puedo. Estoy agradecido a Dios por haberme permitido conocer la fe y estar en compañía de la gente que sirve a Él”.

Kezman admitió también su adicción a los tatuajes: “Sí, es mi vicio. Otros tienen el vicio del alcohol, tabaco o mujeres, mientras en mi caso son los tatuajes”.

“Sin embargo, siento que me obsesionan cada día menos, merced a la ayuda de Dios”, continuó el astro serbio y futbolista más caro en la historia del Fenerbahce, que pagó 15 millones de euros al Atlético en el 2006.

Kaká, pastor evangélico

Con sus declaraciones, Kezman viene a sumarse a otros futbolistas de élite que han proclamado públicamente su religiosidad, como es el caso del brasileño Kaká, quien ha mostrado su disposición a ser “pastor evangélico” cuando cuelgue las botas.

“Me gustaría mucho. Es un recorrido de mucho empeño. Hay que estudiar teología, seguir un curso, profundizar en las enseñanzas de la Biblia. Un pastor evangélico lee la Biblia y transmite sus preceptos”, dijo Kaka recientemente en una entrevista al mensual italiano GQ.

El virtuoso futbolista brasileño considera que en la sociedad actual “no es fácil aplicar las cosas escritas hace miles de años”. “Pero es el deber de un buen pastor, actualizar las enseñanzas de la Biblia”, añadió Kaka en la entrevista.